Vivimos el Mar nació como un gesto de reconciliación: entre el conocimiento y la vida, entre la técnica y la emoción, entre la ciencia y la sensibilidad.
Su origen está marcado por la convicción de que la conciencia puede transformar y por la certeza de que cuidar el mar es cuidar lo que somos desde el inicio.
La primera semilla se plantó en 2017, cuando su fundadora, Ana Teresa Herrera-Reveles, decidió permanecer en Venezuela tras un tiempo de investigación fuera del país. En medio de un contexto socioeconómico complejo, buscó alternativas de financiamiento para proyectos de conservación de peces arrecifales. En 2019, dos respuestas afirmativas a sus propuestas permitieron iniciar un proyecto socioecológico en Chichiriviche de la Costa en el Estado La Guaira, junto a un equipo de ecólogos. Allí comenzó a escucharse al mar y a sus comunidades humanas.
La pandemia obligó a enfrentar la distancia y reveló una verdad profunda: vivir cerca del mar no garantiza sentirlo, y quienes habitamos la ciudad también podemos experimentar una desconexión con el océano. Esa revelación impulsó nuevas formas de despertar conciencia, como los minidocumentales y la cuenta de Instagram que dio nombre al proyecto.
Con el tiempo, Vivimos el Mar se transformó en una plataforma educativa y poética que conecta comunidades, estudiantes y aliados internacionales. Su fuerza está en la interdisciplinariedad: ecología marina, psicología ambiental, arte y narrativas ritualizadas se entrelazan para crear experiencias transformadoras.
Entre sus iniciativas destacan el Oráculo Marino, un lenguaje simbólico inspirado en fractales y corales que traduce la voz del océano en imágenes y preguntas, y el Refugio de las Emociones, creado bajo la dirección de la psicóloga Lena Armenise, como un espacio de acompañamiento que utiliza el arte y la ritualidad para transformar la angustia ambiental en continuidad y esperanza.
Hoy, Vivimos el Mar se prepara para dialogar en espacios internacionales adaptando su lenguaje a géneros académicos sin perder la raíz poética que lo sostiene. Más que un proyecto, se consolida como un movimiento ritual y una memoria viva que insiste en que el océano es cuerpo compartido, legado y promesa.


