Todos Vivimos el Mar
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Hay meses que funcionan como espejos, y diciembre es uno de ellos.
Todo lo que vivimos durante el año —lo que celebramos, lo que perdimos, lo que comenzamos, lo que nos cansó— se vuelve más visible bajo su luz.
Tarde en las playas de Maui, Hawaii. Foto: Archivo personal
Mareas de emociones y corrientes de decisiones.
Despierto un día cualquiera de diciembre y el aire tiene un olor particular. No es solo café, cansancio o esperanza. Es una mezcla de cosas que no siempre sé nombrar: lo que fue, lo que es o ya no es, lo que todavía duele o lo que renace sin pedir permiso. Diciembre, con su época de Navidad y fin de año, tiene esa cualidad: vuelve visible la vida cotidiana. La amplifica e ilumina, la quiebra un poco y la reordena.
En diciembre, suelo ir a mi ventana con una taza de café caliente entre las manos y allí pienso en quienes celebran, en esas personas para quienes diciembre es un abrazo. La mesa llena, la casa viva, la risa fácil. Aunque lo que tengo frente a mí son edificios, montañas y patios, sé que hay una semejanza entre el mar y esa escena en mi mente. Porque imagino esa felicidad como las noches de luna llena de agosto en un arrecife coralino, justo cuando, bajo el mayor brillo de nuestro astro favorito, los corales desovan al unísono, liberando millones de huevos que suben a la superficie como si el arrecife entero respirara vida y esperanza. Es un éxtasis silencioso, un nacimiento colectivo, una promesa de futuro. Así se siente celebrar: como un arrecife que florece en la oscuridad.

La luz de fondo revela diminutos gametos expulsados a la columna de agua por el coral estrella montañoso (Orbicella faveolata) durante una noche de la época de desove East End, Gran Caimán. Momento de éxtasis anual que se repite en las noches de luna llena de agosto, cuando los corales sincronizan su reproducción liberando millones de células sexuales al mar. Este fenómeno, conocido como desove coralino, asegura la continuidad de las colonias y es uno de los espectáculos naturales más impresionantes del océano: una coreografía silenciosa de vida y esperanza. Además, el evento se convierte en un festín para peces y otras criaturas que aprovechan la abundancia, recordándonos que la vida marina también celebra su propia mesa colectiva. Crédito imagen: Alex Mustard
Las situaciones son el oleaje que muchas veces no podemos anticipar.
Doy otro sorbo de café y dejo que mi atención siga el movimiento de las hojas que caen. Entonces pienso en quienes extrañan. En quienes llegan a diciembre con un vacío, con una ausencia que pesa, con un recuerdo que duele. El mar conoce ese dolor. Un huracán puede romper hasta el arrecife más rígido, arrancar corales, fracturar estructuras que tardaron siglos en formarse. Y a veces esos corales ya estaban frágiles por nuevas enfermedades, por aguas más cálidas, por un estrés que no eligieron. Hay pérdidas que permiten regeneración: un coral roto puede dar paso a nuevos brotes. Pero hay otras que no vuelven: donde había coral ahora hay alga, donde había estructura ahora hay arena, donde había hogar ahora hay vacío. Ese vacío sirve a nuevos organismos, sí, pero deja de funcionar para otros. Así es el duelo: transforma, reordena, abre espacio, pero también deja cicatrices que no se borran.

Fragmentos de coral cuerno de alce (Acropora palmata) encontrados en el arrecife Elbow, Santuario Marino Nacional de los Cayos de Florida, después de los huracanes Irma y María en el 2018. Esta especie, considerada críticamente amenazada, cumple un papel esencial en la formación de arrecifes y en la protección costera. Los fragmentos rotos, aunque evidencian el impacto devastador de las tormentas, también pueden convertirse en nuevas colonias si logran fijarse y sobrevivir, mostrando la resiliencia y fragilidad del ecosistema coralino. Crédito imagen: NOAA y Jessica Levy.
Un ave cruza la ventana llevando comida a un nido y pienso en quienes están empezando algo. Los comienzos son frágiles, pequeños, llenos de energía y vulnerabilidad. En el mar, los inicios ocurren en las guarderías naturales: las raíces de los manglares, las praderas de hierbas marinas, los estuarios donde el agua dulce y salada se mezclan. Allí llegan los alevines y juveniles a empezar su ciclo; encuentran refugio, alimento, sombra, protección. Y mientras el sistema los sostiene, aprenden a nadar solos. Así ocurre con quienes empiezan algo en diciembre: un proyecto, un amor, una mudanza, una esperanza. El mar entra como guardería, como ese espacio que cuida, alimenta y acompaña los primeros pasos.

Cardumen de peces juveniles se refugia entre las raíces del mangle rojo (Rhizophora mangle), un bosque costero que vive entre la tierra y el mar. Sus entramados sumergidos funcionan como guarderías naturales, donde los peces encuentran alimento y protección antes de aventurarse hacia los arrecifes abiertos. En cada raíz se teje la continuidad de la vida marina, recordándonos que la abundancia también nace en la sombra y el abrazo de la costa. Crédito imagen: Caribbean compass
También están quienes llegan cansados a diciembre. Hay cansancio que no se dice, que se acumulan en la espalda, en la respiración, en el silencio. El mar conoce ese agotamiento. Las ballenas migran miles de kilómetros desde el norte hasta las aguas cálidas del sur para evitar el frío severo. Llegar al sur es descanso, alivio y pausa. Así ocurre con quienes llegan a diciembre sin fuerzas: son como el mar cuando los grandes migratorios viajan hacia un lugar más amable, con la certeza de que también necesitamos aguas cálidas para recuperarnos.

Cada año, millones de aves migran —a veces recorriendo decenas de miles de kilómetros— siguiendo rutas consistentes llamadas Flyways. Por primera vez, los investigadores han podido identificar corredores marinos comunes utilizados por aves marinas, trazando auténticas “supercarreteras” aéreas que conectan océanos y continentes. Estas rutas sostienen la vida de algunas de las especies más vulnerables del mundo y, al llegar a tierra firme, las aves lo hacen exhaustas, necesitadas de descanso y alimento para recuperar energías antes de continuar su viaje. La migración es así un acto de resistencia y esperanza, un puente que une mares, cielos y costas. Crédito imagen: Birdlife International
¿Qué tiene que ver todo esto con la Navidad?
La Navidad es un tiempo donde la vida cotidiana se intensifica: las emociones se hacen visibles, la memoria se despierta, el pasado y el futuro se sientan juntos en la mesa. El mar es exactamente eso: memoria, emoción, movimiento, continuidad. En diciembre, el mar entra en la vida como un recordatorio suave de que todo cambia, todo regresa, todo se mezcla, todo se transforma, todo necesita cuidado.
Vivir el mar en época decembrina es recordar que estamos hechos de agua y de historia. Que nuestras luces y sombras, silencios y celebraciones, son parte de un sistema mayor. Que nuestras emociones también son mareas, nuestras decisiones corrientes, nuestras relaciones estuarios donde mundos distintos se encuentran.
Así como los corales ofrecen su festín de gametos y los peces celebran su abundancia, la Navidad nos invita a compartir nuestra propia mesa: con memoria, con gratitud, con esperanza. Porque el mar nos atraviesa, nos sostiene, nos constituye, nos acompaña, nos nombra, nos recuerda que la vida sigue, incluso cuando cambia.
Independientemente de la marea en la que te encuentres, te invito a abrazar tus propias corrientes, a honrar tu oleaje, a reconocer cada elemento de tu vida como una pieza del arrecife en el que hoy te sumerges. Que puedas reconocer tu arrecife interno, tus zonas de sombra y de luz, tus brotes nuevos y tus cicatrices antiguas. Y que, como el mar, encuentres tu propio ritmo para seguir.
Que este diciembre te permita respirar como el océano: con ritmo, con memoria, con movimiento, con vida.
Escrito por Ana Teresa Herrera-Reveles
Busco acercar la ciencia a la vida cotidiana, recordando que, incluso lejos de la costa, vivimos el mar.
